Archivo de la categoría: Crítica: discos míticos y pequeños tesoros

Savoy Brown – Looking in – 1971

Siempre me resulta curioso, al explorar la historia de una banda, ese momento en el que parece que todo se va a ir al fondo de la alcantarilla más profunda para, en realidad, poco después, resurgir con llameante impulso hacia el estrellato. Y esto, más o menos, sucedió alrededor de este álbum de Savoy Brown. La banda debutó en 1967 con un discreto disco de versiones y al año siguiente con su primer largo de composiciones propias, Getting to the point (1968). Poco a poco fueron conformando la banda, digamos, clásica: Kim Simmonds, jefe supremo, a las guitarras y los teclados, Chris Youlden a la voz principal, Bob Hall al piano, Dave Peverett como guitarrista y cantante, Roger Earl a la percusión y Tony Stevens al bajo. Juntos editaron tres discazos: Blue matter y A step further en 1969 y Raw Sienna en 1970. Si en su Inglaterra natal no tenían mucho éxito, su constante girar por Estados Unidos les convirtió en una de las bandas más significativas y apreciadas del british blues rock. Y justo en ese momento, Youlden y Hall se marchan del grupo. Simmonds y los colegas, sin cortarse un pelo, deciden tirar para adelante como cuarteto, encargándose Peverett de todas las voces y Kim del piano, y marcarse este Lookin in. El álbum vendió mejor que los anteriores ¡salvados de la desgracia! Pero, oh, infortunio, el simpático Simmonds se queda unos meses después sin amigos: Peverett, Earl y Stevens le dejaron tirado para formar Foghat. Algo tendría el muchacho. Para solucionarlo, reclutó a Dave Walker a la voz y robó la línea de flotación de Chicken Shack: Paul Raymond a la guitarra y los teclados, Andy Silvester al bajo y Dave Bidwell a la batería. Editaron dos discos juntos que tuvieron más éxito aún que los anteriores: Street corner talking (1971) y Hellbound train (1972) y tras un pequeño pinchazo con Lion’s share (1972) la banda volvió a romperse (Walker se marchó a Fleetwood Mac). Los siguientes años fueron de progresiva decadencia comercial y numerosos cambios de line-up, con Simmonds como único miembro perpetuo.

Así pues, en mitad de esto, compusieron y grabaron como cuarteto Looking in en los Recorded Sound Studios de Londres, encargándose Simmonds de la producción con Paul Tregurtha y Eric Holand ayudando en los mandos. Curiosamente, mis dos canciones favoritas las firma Stevens. Poor girl es el cuento de una muchacha del campo que tiene una vida licenciosa en la ciudad “every night about the same time she’d go and put her glad rags on/go to the place where eveyone goes to Boogallo all night long” pero la chica se cansa de todo y regresa al campo “the fast life she was living took her as it’s prey/now she’s back in the country getting fatter every day”. Las guitarras de Simmonds y Stevens juegan todo el tiempo con el bajo, dejando dos cambios de ritmo para sendos solos fantásticos. En los ocho minutos y pico de Leavin’ again escuchamos un ejercicio brutal de blues rock donde se demuestra lo importante que eran Earl y Stevens en el “sonido Savoy”, marcando un ritmo pegajoso, con un solo de Stevens incluido. La canción fluye de manera instrumental en la mayoría intercalando solos de guitarra, arreglos rítmicos y efectos. Una historia de huida, de segundas oportunidades “I’m leaving again, help me pack my case”. La caña roquera se mantiene en Looking in, esta ya compuesta por Simmonds con la ayuda de Peverett, y ambos se salen, tanto en la línea vocal como en los guitarrazos que el jefe se marca. La canción sigue un patrón de estrofa-solo-estrofa hasta el final: “if I could get an answer/if someone would give me a clue/I know I’d feel much better/but I can’t find anyone/to put my question on”.

La preciosista Take it easy da el contrapunto relajado con su toque de bar humeante, arrastrando su boogie y creciendo: “if you don’t slow down pretty son/your good days will have passed/so take it easy baby”. Aroma que conserva uno de los cortes más famosos del álbum, Money can’t save your soul, donde un wah-wah y el aroma más oscuro se apodera de la banda; la voz doblada de Peverett a lo largo de todo el corte y el repetitivo piano dan un aire misterioso, casi de la pantanosa Nueva Orleans. La letra, en primera persona, es una súplica del amado despechado a la mujer que le ha abandonado por otro con más dinero: “you’ve got a new man and that’s good for you/ and you got a lot of money/but what good will that do/when he leaves you on the side/and the money falls away”. Entonces, cuando te quedes sin dinero, querrás venir a casa de nuevo, nena, así que “you better leave now/while it’s still ain’t old”. Para qué esperar. El disco se completa con cuatro instrumentales, dos muy breves que hacen de entrada (Gypsy) y salida (Romanoff), un intenso Sunday night, una barbaridad, suave pero a la vez salvaje, como un cuchillo acariciando tu espalda, y Sitting an’thinking, más alegre, con un deje country y un buen slide.

Savoy Brown supieron mezclar esa base de british blues rock con salidas hard y mucha mezcla, añadiendo ritmos o arreglos derivados del soul, el funk e, incluso, el jazz. Sus canciones enredaban los riffs aguerridos con ritmos muy percusivos, brillantes solos y letras sencillas. Acústicas, piano, bottleneck, lo que hiciera falta para engrandecer la canción. La fantástica presentación corrió a cargo de Jim Baikie y David Anstey. La portada, como se observa en las fotos, es doble, con dos calavéricos dibujos diferentes en portada y contraportada. Un lujazo de disco.

Miguel Ríos – Rocanrol bumerang – 1980

Escuchando Rocanrol bumerang me di cuenta que, a pesar de los cuarenta años transcurridos, sigue de actualidad, para bien y para mal, tanto por sus temáticas como por su excelente sonido. Porque esto es un clasicazo y, en cierto modo, el disco que lo comenzó todo en el subidón comercial del rock de los ochenta en España. Miguel Ríos se rodeó de un grupo fantástico de músicos. En la máquina de creación tenía a Carlos Narea y a Tato Gómez. De la mano de Narea vino Roque Narvaja y dos composiciones importantes para el éxito del disco. De la mano de Tato vinieron sus compañeros del grupo Santiago, el guitarrista galés John Parsons, Serge Maillard y Mario Argandoña. Súmale dos excelentes guitarristas más: Javier Vargas y Salvador Domínguez. Juntos y un poco revueltos completaron las nueve canciones que forman Rocanrol bumerang en Madrid (estudios Eurosonic) y Colonia (Sound Studio N) duante febrero y marzo de 1980. El álbum triunfó y la fórmula se repitió en los siguientes tres discos, incluyendo el imprescindible directo Rock & Ríos (1982).

El contenido sonoro y las letras giran alrededor del rocanrol y de la nueva vida, de la generación que comenzaba una inocente democracia. La inicial Rocanrol bumerang reivindica la fuerza del rock como elemento vital, enfrentándolo a las modas sonoras del final de los setenta y el abandono que había sufrido: “el rock es un bumerang/por eso siempre volverá”. Quizá imaginaba que, gracias a él, y a otros como él, se vivirían años de gloria en el rock nacional muy pronto “algunos lo enterraron en este país/ahogándolo entre modas/y como el ave fénix de la imaginación/se nos presenta ahora”. ¿Igual que hoy, cuarenta años después? Salvador hace un magnífico trabajo y tiene un arreglo de metales brutal. Siguiendo la estela guitarrera, suenan varios cortes. Lua, lua, lua la compuso Miguel en honor a su hija, insistiendo en la transmisión generacional “cuando crezcas algo/llena tu cabeza de rock/será como un juego/para conocernos mejor”. Un rock’n’roll de vieja escuela con Vargas a tope y un piano grande tocado por Rafael Guillermo. “No harán falta palabras/si conectamos con el rock”.

Los neones que inundaban la noche protagonizan dos canciones bien distintas. En La ciudad de neón nos cuenta la historia de un joven que pasa por la cárcel tras un robo y piensa en las noches que se pierde “se emborrachaban de neón/y de fumar con las tías/y sobre todo se flipaban/con la caña de un rock and roll”. Otra lección de guitarra de Salvador, por cierto. Y más neón en Nueva ola, con un rollo “moderno” para tratar la creciente normalidad favorecida por intereses “una mano luminosa de neón de color rosa/se ha acercado a la ciudad/y por las calles, las aceras, los tejados y las cuevas/neón de color rosa se hace cargo de las cosas” porque “aquí alguien controla en forma de nueva ola lo que va a suceder”. El último ramalazo de caña lo escuchamos en El laberinto, reivindicando las pocas oportunidades que tienen los jóvenes de la ciudad “hay gente joven/que tiemblan ante el porvenir/se sienten atrapados/en medio de un ambiente hostil”. ¿Han pasado cuarenta años? “Sin curro y sin dinero/trapicheando para subsistir/algunos cuelgan/como salidos de un mal trip”. Vida precaria, drogas, desesperanza.

Mezcladas entre tanto guitarrazo suenan baladas y medios tiempos, quizá el estilo por el que Miguel Ríos se ha hecho tan famoso. La primera que suena, y la canción que justifica por sí sola la fama de este disco, la compuso Narvaja y se titula Santa Lucía, uno de los cortes más importantes del poprock nacional. Una canción de necesidad y amor, de oportunidades y deseos “me pregunto si algún día te veré/ya se todo de tu vida y sin embargo/no conozco ni un detalle de ti”. Con un fantástico crescendo, una gran acústica, la percusión muy bien trabajada y un arreglo de cuerda sencillo pero clave en el sonido final, todo encaja “abre las puertas/cierra los ojos/vamos a vernos/poquito a poco”. ¿Quién no conoce a esta santa? Como curiosidad: cuando iban a editar el disco hicieron dos versiones; la primera, para el mercado europeo, incluía Santa Lucía; la segunda, para el mercado nacional, la dejaba fuera. Por lo visto Miguel Ríos no quería volver a “triunfar” con una canción “al estilo del Himno a la alegría” y sí por su vertiente más “dura”. Afortunadamente para él, se decidió hacer una sola versión. Otro gran corte es La canción de los 80, un medio tiempo, compuesto también por Narvaja junto a Miguel, con protagonismo de la acústica y el piano eléctrico. Obviamente, reflexiona sobre la década que empieza “el mundo seguirá su curso antiguo/pero a velocidades de futuro” porque la incertidumbre del presente y el porvenir es grande “la gente angustiada mira al cielo/en busca de algo de amor/la vida cotidiana se reduce/a una carrera sin valor” y siempre hay esperanza “pero en medio de la noche estas tú/con tu fuerza, tu belleza, con tu luz/ayudándome a seguir”. En el fondo, una canción de esperanza amarga que tiene pleno significado cuatro décadas después.

No hay mucho espacio para el amor al uso; ahí suena Compañera, balada sencilla de piano y buenos arreglos de cuerda y vientos, con la que agradecer la vida en pareja “tan solo quiero que estemos juntos/que seas mi viento para navegar”. Y el disco se cierra con la sorprendente Sueño espacial, emparejada, quizá, con sus composiciones más experimentales, y una doble interpretación: por un lado, los extraterrestres te han elegido para un viaje interestelar y admirar el futuro de la Humanidad, pero, por otro lado, un canto al futuro del individuo, al futuro de un país que se desperezaba “relájate y sé feliz/porque no estás solo/en el Universo hay más/hijos de la energía” y al final “vivirás tus sueños/porque el hombre vencerá/ya sabes ¡no estás solo!”.

La portada la diseñó Juanjo Díaz y la realización de la funda corrió a cargo de Orestes. El sonido es excelente; no todo el rock de los ochenta sonaba mal. Aquí hay dinero: grabado, mezclado y masterizado en Alemania. Disfrutad de este discazo por el que no pasan los años…

Magnum – On a storyteller´s night – 1985

Todas las bandas alcanzan el punto de implosión en algún momento de su carrera, tanto si logran el éxito como si se mantienen inmersas en el fracaso. Cuando Magnum acabó su actuación en el festival de Reading en 1983 estaban acabados. Su contrato con Jet Records había sido un infierno; ninguno de los cuatro discos grabados se publicó a tiempo (hasta dos años pasaron en el cajón) o recibió publicidad. La propia banda se ofreció a pagar por publicarlos. Sin mucha perspectiva, decidieron tomarse unas vacaciones. El teclista Mark Stanway se enroló en la banda de Phil Lynott, el batería Kex Gorin probó suerte con Robin George, el cantante Bob Catley se ofreció como frontman a barias bandas y el guitarrista y compositor principal Tony Clarkin enfermó seriamente y pasó varias veces por el hospital. No había mucho futuro.

Pero la luz apareció: Jet Records canceló, visto lo visto, el contrato. Eran libres. Catley llamó al bajista Wally Lowe para hacer algo juntos y, tras deliverar, se juntaron con Clarkin para montar una nueva banda. Al final, decidieron retomar Magnum, llamar a su colega Stanway al barco de nuevo y reclutar al batería Jim Simpson. Sin compañía, sin dinero, sin canciones. Pero la luz volvió a aparecer: la independiente FM/Revolver puso el dinero encima de la mesa y en pocas semanas estaban dispuestos a meterse en el estudio Abbatoir, de su Birmingham natal, con Kit Woolven (Thin Lizzy, David Gilmour). Y la luz se apareció por tercera y última vez cuando el álbum, publicado en mayo de 1985, alcanzó el puesto 22 en ventas y les proporcionó su primer disco de oro. Antes de acabar el año tenían un generoso contrato con Polydor y un proyecto con Roger Taylor (Queen) a la producción. Pero eso será contado en otro momento.

Este salto, sin duda, nació en la fe y la calidad de Tony Clarkin como compositor. Su estilo se cimenta en melodías con gancho, pomposas incluso, con acertados arreglos y letras de mensaje sencillo. En los primeros ochenta, pasó del rock de corte más progresivo de sus primeras obras a una mezcla de AOR y soft rock. El gran trabajo de On a storyteller´s night gira alrededor de la fantástica interpretación vocal de Bob Catley sobre la guitarra efectiva de Clarkin y los excelentes teclados de Stanway.

El álbum comienza con la intensidad de How far Jerusalem, un corte que habla de las víctimas de un mundo roto a las que nadie escucha, gente que ha sido abandonada, que vaga sin consuelo o que se ha perdido: “there is no charity from where they come/there´s nothing left to be”. Una historia que se repite a lo largo del tiempo: “they are the victims of the night/ride against the wind born to lose the fight”. La música recrea esta desesperación con una larga intro de teclados, una voz distorsionada y un juego de tensión entre estrofas y estribillo. El primer single y vídeo fue Just like an arrow, quizá la composición más pensada para el oyente medio, de melodía agradable, muy roquera, un estribillo directo y un riff de guitarra reconocible. Básicamente, una confesión de amor eterno en cualquier circunstancia: “it goes deep my love only for you/just like an arrow”. El teclado, sobre todo en la parte central, marca también la canción. El vídeo (en parte) se grabó en España e incluye una plaza de toros y el desierto de Almería.

El segundo single incluyó los dos siguientes cortes del disco. On a storyteller´s night es una canción sobre pesadillas y los cuentos que compartimos. Puede interpretarse como un simple encuentro de amigos charlando y contando historias que acaban con miedos nocturnos, pero también como un aviso a las consecuencias de las cosas que contamos, cómo nos dejan sin dormir por las noches: “keep your night light burning/i´ll come through wind and rain”. Tiene un ambiente misterioso, con un piano y los sintetizadores subiendo y bajando a lo largo de la canción, imitando el viento en la noche, y un estribillo poderoso. Before first light hizo de contrapeso a ese single, más roquera, con su riff cortado y el protagonismo de la batería en la mezcla. La estructura se convirtió en recurrente en las composiciones de Clarkin: una intro y una estrofa roquera, un estribillo o un parte central pausada, un solo de guitarra y vuelta a comenzar, en este caso repitiendo incluso la letra.

En un disco lleno de clásicos del directo de Magnum aparece una de sus canciones más interpretadas, una de las más intensas de su discografía. Les morts dansant habla del momento exacto de la muerte: “what a night for the dancing dead/what a night to be called to heaven”. Se conduce con una épica cinematográfica mediante imágenes impactantes y arreglos alrededor de una melodía sencilla, como un canon medieval, simulando esa danza que se avisa en el título. La guitarra aparece discretamente en la primera parte para tomar protagonismo al final, igual que la batería. No solo la composición es excelente, si no que la producción convierte estos cinco minutos en épicos. Tras tanta intensidad, Endless love tiene una producción muy eighties, con una excelente interpretación de Lowe y una línea y unos arreglos de sinte que marcan el sonido junto a la guitarra. Parece un tema menor más cuando de seguido aparece Two hearts, otra joya del álbum con un adictivo estribillo “good love/forsaken/two hearts/one breaking”. Canto desesperado del que llama y busca sin obtener respuesta.

El álbum encierra aún otra joya: Steal your heart. Qué sencillo parece componer como Clarkin pero qué espectáculo. Una melodía y una letra encadenadas a unos instrumentos armonizados con elegancia para llegar a un estribillo breve y pegadizo. En el fondo, hubiera sido otro single de escucha amable en la radio, sin estridencias, y con quizá el mejor solo del disco. Tony siempre ha sido un guitarrista eficiente aunque nada espectacular. Esa sencillez aparece de nuevo en All England´s eyes, donde el teclado y los cambios de batería marcan el devenir de la canción. Quizá de las mejores interpretaciones de Catley también; estupenda esa parte de voces dobladas sobre la batería. Y que no falte una balada de piano, sentida. The last dance por momentos me recuerda a Meatloaf en la forma de acompañar la voz, los adornos, la melodía. La canción va in crescendo, “they walk past still no one has asked/feeling much older the evening has crashed”, se añade un arreglo de (falsos) violines “another lonely night is one too much”. Un final desesperado.

La portada merece una mención especial. La dibujó Rodney Matthews, artista gráfico dedicado a la ciencia ficción y la fantasía, colaborador habitual de Magnum desde Chase the dragon (1982) hasta el día de hoy. También ha realizado portadas y posters para Asia, Diamond Head, Nazareth o Praying Mantis. La idea del contador de historias que es la base de Magnum: ellos, siempre, quieren ser el trovador que te engancha y que no te puedes quitar de la cabeza.

Ignoro si debe considerarse el mejor disco de Magnum, lo que sería mucho decir. Lo cierto es que merece, como la banda en realidad, el mérito y el valor de otros discos que vendieron más y tienen peores composiciones y menos arte que On a storyteller´s night. Treinta y cinco años después suena tan alentador y épico como sonó entonces.

Nazareth – Hair of the dog – 1975

Tras siete años de trabajo desde sus primeros conciertos, tras editar cinco discos en cuatro años, tres de ellos con Roger Glover de productor, tras patearse los escenarios de ambos lados del Atlántico, los escoceses Nazareth lograron el Santo Grial comercial gracias a su versión de Love hurts: alcanzó el número 8 en ventas en los Estados Unidos. El single contaba en una cara con la balada y en la otra con el sucio Hair of the dog. Mientras la primera conquistaba los corazones radiofónicos de la clase media yanqui, la segunda fue un éxito en las radios universitarias. Fuera de la censura de las radiofórmulas se hizo popular por su letra: en primera persona, un macarra advierte a una mala mujer (“red hot mama, down light charmer”) que ahora está jugando con un auténtico hijo de puta (“now you are messin’ with a son of a bitch”). Ese rollo de lanzar juramentos y blasfemar a voz en grito debió gustarles a los jóvenes universitarios. Con las dos caras del sencillo dando vueltas, el álbum escaló hasta un más que digno puesto 17 en ventas. Hicieron una gira de varios meses que incluyó Canadá de punta a punta, lo que acabó convirtiéndoles en el grupo más importante de la época y facturaron mucho dinero allí también. Hoy en día lleva despachados más de dos millones de copias.

El cuarteto lo formaban Manuel “Manny” Charlton a la guitarra y los sintetizadores, Pete Agnew al bajo, Darrell Sweet a la batería y Dann McCafferty a la voz. Grabaron en los estudios Kent y AIR de Londres con el propio Charlton en la producción. Por cierto, Charlton es andaluz; nació en Almería. Tiene una anécdota curiosa: a finales de los ochenta fue reclamado por Axl Rose para grabar el debut de su banda, unos tal Guns N’Roses, pero tras unas primeras grabaciones el bueno de Manny tuvo que volver a sus compromisos con Nazareth dejando el trabajo a medias. Lo terminó Mike Clink y el resto es Historia.

El disco abría, precisamente, con la batería característica de Hair of the dog seguido de su riff repetitivo que se corta en el estribillo para volver a dejarle todo el protagonismo a la voz y la batería. Tras dos vueltas suena la característica parte instrumental con el talk box (a cargo de McCafferty) y vuelta al estribillo hasta el fade final. El macarrismo y el hard rock sencillo, pero no simple, hecho arte. Con una guitarra que el mismo Tony Iommi podría haber grabado, Miss Misery habla de una mujer endiablada o una adicción química (voto por esto), algo de lo que uno no puede separarse, eso que hace las noches angustiosas y los días largos: “everyday is filled with shame/my nights are filled with anger”. Excelente solo de Charlton. Contrasta con el inicio slide suave de Guilty, con su aroma a porche con vistas al atardecer del desierto, el canto amargo y sincero de despedida: “I got some whiskey/from a bottle/I got some cocaine/from a friend” y tengo que estar “en movimiento” hasta que vuelva a tus brazos. Incluye piano, coro femenino y arreglo gospel para dramatizar y adornar este sorprendente y fantástico tema. Como curiosidad, fue compuesto por Randy Newman (editado un año antes en el álbum Good old boys), famoso, entre otras cosas, por sus bandas sonoras para películas Disney (Toy Story, Cars, etc.). Y tras estas confesiones de abuso, el hard rock vuelve a atronar con Changin’ times. El ritmo cortante y la mezcla del riff de guitarra y los platos a tope con el puente-estribillo me tienen enganchado. Amarga queja a una mujer que le tiene a uno trastornado con sus cambios de humor: “since I met you don’t know right from wrong/somebody tell me just wht’s goin’ on”. El guitarreo es bárbaro, con varias líneas intercalándose en el solo y sosteniéndose unas a otras, hablando entre ellas,  mientras el tempo se acelera. Este tema podría alargarse diez minutos. 

La cara B abría con la doble Beggars day/Rose in the heather, la primera una versión incluida en el debut de The Crazy Horse. Esta primera parte roquera contrasta con la segunda más melódica e instrumental, con una sección de violines en plena forma. Hay que reconocer el enorme mérito de la banda para conseguir pasar de la crudeza a la emotividad con tan buen gusto. El aroma de la taberna se asoma desde Whiskey drinkin’ woman, con sus voces armonizadas y mucho eco, otra elaborada línea de guitarra y varios pasajes solistas de cierto tufo southern. La letra no tiene desperdicio: ayúdame, porque “I love that woman/she’s the best one that I had/but she’s got this habit now/and it sure is gettin’ bad”. Cuando no es él, es ella, pero siempre hay mucho consumo alrededor de estas canciones. De hecho, la banda tenía fama de grandes bebedores, fama que en diversas ocasiones han intentado desmentir los propios miembros. Por las letras, nadie podría darles la razón. Casi cerrando el disco nos espera otra enormidad de Nazareth, nueve minutos de ofrenda al hard rock seventies titulados Don’t Judas me. Lento comienza, incluso con cierta laxitud, como un mantra que pasea por tu cabeza, con el tambor golpeado con las manos, con un pequeño redoble que va aumentando de intensidad, con una colección de instrumentos que van y vienen jugando con los ecos y la distorsión, una tabla, una guitarra, un sinte, el tema va creciendo en complejidad y adornos, manteniendo el tempo y aumentando la carga sónica hasta el largo fade out final. “Please, don’t Judas me/treatme as you like to be treated/please, don’t blacklist me/leave me as you’d wish to find me”. La versión USA/Canadá del álbum incluía la famosa cover de Love hurts; no formó parte de la edición europea de Hair of the dog. Cosas de las compañías de discos: como era costumbre, editaron la canción como single-reclamo fuera del álbum completo, y la reedición transatlántica la incluyó debido al éxito del tema por allí. La cover de Nazareth se basó más en los arreglos de Gram Parsons (Grievous angel, 1974) que en la famosa de The Everly Brothers. Mantiene el patrón rítmico y la acústica marca la melodía que tan bien interpreta McCafferty, con sentimiento y un excelente equilibrio entre su raspada garganta y la emotiva letra: “love is like a flame/it burns you when it’s hot/love hurts”. No solo se convirtió en tema de éxito en la América anglófona; en los países nórdicos se volvieron locos con ella, aguantando 60 semanas en las listas de éxito noruegas, por ejemplo. 

Nazareth conquistó la gloria comercial a mitad de los setenta con arte, suerte y trabajo. Mantuvo su buena estrella los años siguientes, hasta hoy, de manera casi continua. Quizá una carrera tan larga deja muchas lagunas, pero qué duda cabe que este, y otros discos de la época, merecen estar en el Olimpo del rocanrol. A pincharlo.

Rush – Counterparts – 1993

Siempre me ha resultado curiosa la forma en la que se recuerda o valora a Rush habitualmente: unos virtuosos, muy técnicos, respetados por su compromiso y su coherencia musical, reyes del directo mastodóntico. Pero poco se recuerda su capacidad para vender discos. Se calcula que han despachado más de 40 millones de copias de su discografía en todo el mundo, con 24 discos de oro y 14 de platino; una de las bandas que más discos de platino y oro seguidos ha conseguido en Estados Unidos (por delante tienen “tan solo” a The Beatles, The Rolling Stones, Kiss y Aerosmith, ese es el nivel). Y digo esto porque hoy reivindico una de sus obras mágicas, menos conocida, pero a la altura de sus publicaciones de los setenta y los ochenta. Supuso la primera vez que alcanzaban el puesto número 2 en las listas de ventas yanquis (por detrás del Vs. de Pearl Jam), el primer single (Stick it out) fue número 1 durante cuatro semanas seguidas en los charts roqueros y otros dos alcanzaron el top 5 (Cold fire y Nobody’s hero). Recibieron, además, una nominación a los Grammy por el instrumental Leaving that thing alone.

Para quien no tenga el gusto de conocer a Rush: Geddy Lee canta, toca el bajo y los sintetizadores; Alef Lifeson se encarga de todas las guitarras; Neil Peart hace lo propio con la percusión. Lee y Lifeson componen la músca y Peart se encarga de las letras. Esta constante permitió, quizá, una coherencia en este disco, como en todos los de la banda, sonora y lírica. La música se acerca más que nunca a las guitarras y las composiciones “heavies” mientras que las letras mezclan temas muy personales con una reflexión general sobre el bien y el mal y cómo se enfrenta la persona al mundo que le rodea.

La producción la compartieron con Pete Collins (Gary Moore, Alice Cooper, Queensryche) y el apoyo técnico de Kevin Sherley (Joe Bonamassa, Iron Maiden, Dream Theater). Dedicaron dos meses a pulir las maquetas que tenían mezclando grabaciones en analógico y en digital. La banda estaba en un momento muy creativo y, de nuevo, experimental.

Animate abre el disco de manera grandiosa. Tiene todos los elementos virtuosos del grupo y de Counterpart: excelente trabajo de bajo enredado en la línea de guitarra con el patrón de batería comandando al fondo y una interpretación muy melódica de la voz. La letra es curiosa: la propia conciencia y la ambigüedad que a veces nos invade al entendernos o definirnos como personas, en este caso enfocado a la definición de género. La intensidad oscura de Stick it out, basada en un lick the guitarra que se repite y regenera, tiene un rollo heavy en la base y se redondea con un gran estribillo. En Cut to the chase se escucha uno de los mejores guitarreos, tanto por el riff principal como por el solo y las armonías de guitarra y bajo.

Tras la intensidad inicial, la emocional Nobody’s hero impresiona. Comienza con la guitarra acústica y la voz y desemboca en una orquestación de Michael Kamen y una ambientación que dota de gran intensidad a la letra: un homenaje de Peart a alguien que le influyó en su juventud y que falleció de SIDA, un amigo perdido que murió solo. La batería de Between sun & moon me parece de las mejores del disco. Además, el estribillo resulta muy melódico y agradable. La letra se basa en un poema de Pye Dubois, quien ya colaboró antes con la banda. Alien shore viene con un espíritu de directo de estadio. Arranca con el bajo y la guitarra dando caña para después dejarnos en un fraseo de Lee sencillo y volver a la intensidad en el estribillo. Peart, de nuevo, le da lustre al tema. Recuerda a su etapa más popera el siguiente The speed of love, donde destaca la línea melódica de Geddy y el sencillo pero muy efectivo solo de guitarra en una reflexión sobre lo voraz y veloz que es el amor: “Nothing changes faster/Than the speed of love”.

Double agent es otra de las joyas ocultas de este disco. Potente riff, estribillo (casi) comercial, una nueva lección de Neil y el bajo da un toque muy personal, único. La instrumental Leave that thing alone nació de una poderosa melodía de guitarra y la suma de ideas y jams en el estudio; aunque no aguanta la comparación con sus hermanos mayores, esos enormes instrumentales de los setenta, encaja muy bien en el contexto del álbum y mantiene una tensión emocional excelente. El groove de Cold fire me encanta; muy roquera, con un patrón de batería complejo y un adorno de teclados perfecto para que Lee haga una de sus mejores interpretaciones. El cierre con la sentimental Everyday glory nos deja otro buen solo y otro buen estribillo, con un mensaje de superación: “Though we live in trying times/We’re the ones who have to try/Though we know that time has wings/We’re the ones who have to fly”.

Uno nunca es objetivo con lo que le apasiona. Pero cabe reconocer a un grupo como Rush, con los bolsillos y el ego llenos, el mérito tras ¡quince! discos de marcarse una obra tan intensa, fresca, roquera y preciosista en mitad de la vorágine grunge y alternativa de los primeros noventa. A disfrutar.

Toto – Hydra – 1979

El modo en que adoramos (u odiamos) algunos discos sigue sorprendiéndome. De toda la discografía de Toto este Hydra me parece el mejor. Y no porque estén las mejores canciones o los singles más bombásticos, que no están, si no porque lo considero un ambicioso trabajo de composición y ejecución a cargo de músicos excelentes en cada uno de sus instrumentos. Y con tres cantantes nada menos. 

Hydra fue el segundo largo de Toto, después del mega éxito de su debut homónimo, y la banda, en especial el teclista, cantante y principal compositor David Paich, quiso construir un universo sónico propio, con influencias del progresivo, el soul e, incluso, la música electrónica. La mezcla de voces del propio Paich, Bobby Kimball y Steve Lukather (guitarrista) permite registros muy diversos, con un halo pop en ocasiones y más roquero en otras. Junto a ellos, el bajista David Hungate y los Porcaro: Steve (teclista) y Jeff (batería). Bandaza.

Comienza el disco con una dupla curiosa y mágica: Hydra y St. George and the dragon. Dupla porque cuentan historias paralelas, como un misterioso y bizarro triángulo amoroso con una bestia, un caballero y una dama por la que competir: ¿eres la bestia posesiva o el caballero rescatador? En Hydra la perspectiva es la de la bestia, el dragón que posee a la dama y lanza al joven escaleras abajo de un golpe. Siente minutos de rock/pop progresivo donde Lukather hace un fantástico trabajo y la parte central con el teclado de Paich como protagonista nos lleva al final dramático. El tema se estira hasta el comienzo de St. George and the dragon, con un alegre piano (recuerda mucho a su debut), donde el enamorado se dirige tanto al dragón como a su amada. Un single de manual, con dos buenos solos de guitarra. Ambas historias, para más diferencia, cuentan con distintos cantantes principales; en la primera se encarga Paich de la voz principal y en la segunda Kimball.

Tras esta aventura, viajamos al futuro con 99, con un ritmo funky, basada en la melodía del piano y con una línea de bajo fantástica; la letra es algo extraña, de cualquier modo. Los solos de ambos “Steve” adornan la canción, el primero con un toque más electrónico, de Porcaro, y el segundo, de Lukather, quien también canta, con un toque jazzero. La cara A termina con Lorraine, pegadizo rock atmosférico que comienza lento para después acelerarse en el estribillo. La voz dulce de Paich nos arropa en este viaje a Francia para recuperar a la bella Lorraine.

A estas alturas se hace patente que la presencia de dos teclistas permite crear un entramado musical complejo, pero no denso, donde todos los músicos tienen su parte de protagonismo. La mezcla de voces solistas funciona al permitir no solo diferentes registros sonoros, si no distintas orientaciones en la narrativa de las canciones sin que se resienta la credibilidad de las historias.

La cara B presenta cuatro cortes bien distintos, aunque cercanos al hard rock de finales de los setenta, con toques AOR y mucha melodía. El primero, un rock de letra algo estúpida, se titula All us boys y avisa a las mamás que los muchachos están en la ciudad dispuestos a enseñar a sus niñas lo que es bueno para después salir por patas (“blow your minds and leave hot tires behind”). Esta vez Paich se pone duro; el estribillo resulta muy pegajoso, y, en general, los arreglos y las líneas melódicas del tema. La terna final la canta Kimball. En Mama vuelven al toque jazz con otro gran bajo, fantástica batería y (quizá) la mejor interpretación vocal, intensa pero no desmesurada, con tensión. La canción más hard roquera es White sister, con esa línea intensa, gran puente-estribillo y un solo rápido de Lukather; podría haber formado parte de su debut sin problemas. Y el cierre con una breve y sencilla balada, A secret love, donde se nota más que en otras partes del disco la influencia “electrónica”. 

La banda produjo el disco con Reggie Fisher y Tom Knox y aunque vendió bien (fue rápidamente disco de oro y lleva ya un milloncejo de copias despachadas) la compañía y la banda consideraron volver a hacer música más del estilo de su debut. En pocos años, y tras un dubitativo Turn back (1981) se harían de oro y platino con IV (1982). Pero, como dijo alguien alguna vez, eso ya es otra historia…

AC/DC – Dirty deeds done dirt cheap – 1976

La portada “original” de 1976

Pocos discos en la Historia del rock pueden presumir de haber triunfado cinco años después de haberse grabado. Y con los artistas (más o menos) vivitos y en plena forma. En la discografía australiana de AC/DC situamos este Dirty deeds done dirt cheap (DDDDC) entre T.N.T. (1975) y Let there be rock (1977). Aunque en su país habían alcanzado el número uno con el primero, bien es cierto que eran unos desconocidos en el resto del planeta. Se hizo una primera edición europea a finales de 1976 de DDDDC con una portada nueva (a cargo de Hipgnosis) y ciertos cambios en las canciones; poco o ningún caso. Sin embargo, tras el más de millón de copias de Highway to hell (1979) y los cuatro y pico largos que llevaba Back in black (1980) a principios del 81 solo en Estados Unidos, se decidió re-editar la versión europea de DDDDC. El resultado: alcanzó el número 3 en las listas de ventas. Cinco años después de su grabación a cargo de Harry Vanda y Gerorge Young en un pequeño estudio de Sidney las tonadas y los riffs de uno de los mejores trabajos de AC/DC recibían el consabido abrazo del dólar.

Para redondear la peculiar biografía de DDDDC, el single que se editó en Australia, Jailbreak, un clásico del grupo, se eliminó de la versión de “internacional” y no vio la luz de manera oficial en Japón, Canadá y Estados Unidos hasta tres años después, cuando apareció en el 74′ Jailbreak. Su sitio la ocupó una versión editada del tema Rocker, que, en realidad, pertenecía al anterior T.N.T.

La portada “internacional” de 1981

Si algo caracteriza las canciones de DDDDC es su juventud y su descaro. Nada de elaborados cuentos. Nada de complejas composiciones. Nada de milongas, carantoñas y cariñitos. Puñetazos en la cara, mordiscos en el cuello, moratones en vez de besos mientras hacemos el amor y toneladas de cerveza y carácter. Angus Young (guitarrista) tenía 21 años, su hermano Malcom (guitarrista) acababa de cumplir 23 y el tercer compositor, el más veterano, el cantante Bon Scott, sumaba 29. Junto a ellos, Phil Rudd (batería) alcanzaba 22 y Mark Evans (bajista) los 20 durante la grabación. Una bocanada de testosterona roquera en cada corte.

Comencemos este viaje por algunos clásicos bárbaros. El tema que da título al álbum, Dirty deeds done dirt cheap, podría clasificarse como “el clásico” por excelencia, el primer gran tema rompe-estadios (cuando apenas llenaban un recinto mediano); el lado sucio del rocanrol en un riff que haría de ejemplo a otros tantos en las guitarras Young (que el colega Henry Amat nos toca al final de esta entrada). Una historia de suciedad amorosa “yout got problems in your life of love/you got a broken heart” no te preocupes, llámame: nuestros actos serán sucios y baratos. Big balls, qué sugerente letra, sobre un riff arrastrado: tú tienes pelotas, ella tiene pelotas, pero nosotros tenemos las pelotas más sucias y grandes. Dos minutos de gloria con aroma punk. El estándar acedeciano también nace en Problem child (¿quizá origen de Highway to hell?), con el riff cortado, la batería acompasada y la línea de bajo. La confesión de Scott es totalmente creíble: “get out of my way/just step aside/or pay the price”. Cuando me caliento no sé lo que me hago, dice, porque, en definitiva, soy un chico difícil. Buen solo de Angus. Otra que ha pasado al Olimpo de la era Scott: Ride on tiene una de las mejores interpretaciones vocales de Bon, en un medio tiempo con crescendo que acaba roqueando bajo un aroma western (“ride on, thumb in the air/one of these days i’m gonna ride on/change my evil ways/till then i’ll just keep dragginng on”). Junto a estas añadamos Jailbreak, con otro riff mítico y una fuga de prisión con un vídeo primitivo lleno de explosiones y sangre de bote.

Pero DDDDC tiene mucho más. Adoro el riff y la cadencia de Scott en Love at first feel, cómo se combina el punteo de Malcom con la solista de Angus y el macarrismo de la letra; Bon pasó una temporada entre rejas, por, entre otras cosas, haber mantenido relaciones con una menor, y esta es la historia de aquel hecho. Distinta, los casi siete minutos de Ain’t no fun (waiting round to be a millionaire), un boogie machacón, navega por la idea de triunfar: “if you got the money/we got the sound/(…)/if you got the dollars/we got the song”. Pero el camino, oh, el camino, está siendo algo duro y no es nada divertido: tengo parches en los parches, mis tejanos solían ser azules y me mantiene una mujer. Se calzan descaradamente los zapatos de Chuck Berry en There’s gonna be some rockin‘ para advertir que va a ser una noche de rocanrol, que nadie se va a ir a casa sin su ración de sudor y decibelios. Juegan endemoniadamente bien con los silencios, los cortes de ritmo y los punteos. Añadamos aquí la inclusión de otro tema deudor de los maestros del rock primigenio de título Rocker , apenas dos minutos de twist alocado veloz. Y cerramos con Squealer, que abría la cara B en el 76 y la cerraba en el 81. Y, la verdad, queda mejor en esa última posición como postre a las historias sucias: ¿alguien ha ido hasta el final con una chica virgen? “She said she’d never been this far before”. Menos mal que Bon fue amable con ella.

Un viaje alucinante por una de las mejores aventuras del Universo AC/DC. Aquí está la esencia, los sucio, lo grande, lo bastardo, las noches de fiesta, el boogie, el riff, los discursos, la magia que pocos años después les elevaría al altar añorado. Tuvieron que esperar unos años para ser esos millonarios que reclamaban, pero llegaron.

Kreator – Extreme aggression – 1989

Igual exagero al considerar a Kreator la más influyente banda de thrash metal (y aledaños) de Europa. Quizá no exagero al señalar a la banda germana como una de las grandes del género, que ha cultivado con mayor o menor acierto desde su iniciático Endless pain allá por 1985. Apenas cuatro años después, y tras otras dos joyas metaleras, pulidos tocando lo más duro posible por los escenarios más variados, editaron este Extreme aggression. Como dijo Mille Petrozza, cantante y guitarrista, en aquellos momentos: “Siempre hemos tratado de sonar heavies. La gente puede tocar más rápido que nosotros, pero solo sonará más rápido, no más poderoso. Kreator es poderoso sin ninguna competencia”.

Y de eso va este álbum. Del poder de la música, del poder del odio, del poder del sufrimiento, del poder del inconformismo social, del poder de la soledad, del poder de revelarse.

La banda la componían el nombrado Mille Petrozza a la voz y la guitarra, acompañado de Joerg Trize a las seis cuerdas, Rob Fioretti al bajo y Juergen “Ventor” Reil a la batería. Producido por Randy Burns, se grabó una primera vez en septiembre de 1988 en Berlín, pero al productor le pareció tan malo el sonido que propuso mudarse a un estudio de su gusto en California. Así, con presupuesto extra, en los meses de enero y febrero de 1989 se marcharon a Hollywood . Y el tipo acertó de lleno; el sonido es limpio pero a la vez brutal, con todos los instrumentos bien definidos y el punto de reverb y de ingeniería justo. Petrozza, por cierto, tuvo que hacerse cargo de todas las guitarras, pues Trize no viajó con ellos .

El álbum finalmente se publicó en junio bajo el sello Noise en Europa y Epic en el resto del mundo. La alianza con Epic les dio un empujón internacional y les permitió girar de manera extensa por Estados Unidos. Fueron años en los que las grandes compañías comenzaban a echar el ojo a bandas de metal extremo para hacerlas “vendibles”; había un nicho por explotar, joven y con ganas de gastar dinero. Y Kreator tuvieron su oportunidad.

La aventura comienza con Extreme aggressions (de donde deriva el título del álbum), quizá el más violento o poderoso, como dicen ellos. Habla de un asesino que disfruta torturando a sus víctimas bajo los efectos de la cocaína. El riff principal está inspirado en un tema de la banda Batmobile. Otro tipo malo protagoniza uno de los momentos más horribles. Oscuro y sucio, Bringer of torture se basa en la historia de Joser Fritzi, quien raptó y violó a su hermana durante más de veinte años. Tema breve, con poco más de dos minutos de duración, de excelente riff.

Las emociones, la frustración, la dureza de vivir inspira parte de este viaje. La depresión es el referente de No reason to exist: el canto desesperado de un adolescente “existing like the rest/in endless emptiness/(…)/against your will”. El ritmo, complejo, y el sonido de la guitarra muestra la influencia de lo que Megadeth hacía por entonces. Stream of consciousness trata de la pérdida del individualismo en la sociedad, la imposibilidad de separarse de la corriente de pensamiento en la que te ves obligado a participar para no quedar alienado. Y por la traición de un amigo, de un ser querido, se compuso Betrayer, de la que se grabó un vídeo en la Acrópolis de Atenas. Otro de los imprescindibles del álbum y de Kreator. Resulta casi el más ¿cantable? con ese puente/estribillo a voz en grito, muy Metallica (pre-And justice), y un solo grande.

La tercera pata de las temáticas de Extreme aggression tiene que ver con los problemas globales, que, treinta años después, siguen entre nosotros. La conciencia medioambiental brota en Some pain will last: “intense devastation of nature/construting a future for man/the world is sold dirt cheap/for promises no one can ever keep”. Un mundo de polución y enfermedades que traerán dolor al ser humano. La canción se convirtió en uno de los imprescindibles de los directos del grupo con esas armonías bestiales y el excelente trabajo dinámico a lo largo de todo el corte. Don’t trust tiene un riff con un aire Overkill y otra gran batería, un tema complejo en la estructura rítmica con una letra sobre el aislamiento y la falta de confianza, quejándose de la muerte de la inteligencia y las emociones en un mundo frío, en el que es difícil convivir. Y, en los ochenta, pocos miedos tan globales como la amenaza nuclear: “the human race destroyed/destroyed by the fatal energy”. Fatal energy es otra guinda en este pastel de lo más brutal del ser humano, con un sonido más heavy clásico que el resto del disco, siempre en la honda Kreator, y una guitarra poderosa.

Y nos queda otro de los platos fuertes para cerrar este resumen. Y el título, la verdad, lo dice todo. Compuesta como rechazo a la poca atención que los medios daban al estilo musical por su carácter antisistema y agresivo, Love us or hate us no deja indiferente a nadie y clama contra las canciones comerciales, “sounds without feeling/energy or aggression/from money hungry brains”. Poco después Metallica cambió las reglas del juego y la MTV “compró” metal agresivo.

Un disco corto (37 minutos) donde destaca la calidad compositiva y el cuidado de cada pasaje, tanto en los arreglos como en la producción. Las canciones son retorcidas y muchas veces cambian, se transforman para volver al tema principal (riff o melodía o patrón rítmico). Tanto las voces agresivas de Petrozza como sus punteos y guitarrazos marcan el devenir de la obra, apoyado en un Ventor fantástico. Era imposible que pasara desapercibido. Tan solo necesitaba una buena promoción y muchos conciertos para convertirse en un clásico del género y, por extensión, del metal (mal llamado) extremo.  Treinta años han pasado.

Grand Funk – Closer to home – 1970

En el verano de 1971 la revista The Rolling Stones describió a Grand Funk (Railroad) como la “mayor banda americana de rock”. Quizá sea una exageración, aunque por entonces acabaran de llenar el Shea Stadium (algo que solo habían conseguido The Beatles), y dos noches seguidas el Madison Square Garden, despachando las entradas en apenas 72 horas. En los dos años y medio que distan de sus primeras grabaciones a esos conciertos, editaron cinco discos en estudio y un directo. Y buena culpa de ese éxito masivo lo tuvo este álbum, Closer to home; el primero en ponerles en grandes recintos y en conseguir el millón de copias.

¿Qué hizo especial a este disco? Quizá la mezcla de melodía, cambios de ritmo, brutalidad roquera y cierto blues indomable. Quizá supieron captar con sus letras ese espíritu de rebeldía social, de rechazo a la guerra y la violencia, de establecer unos principios de supervivencia. Quizá, como escribió en su día Terry Knight, productor y mánager (y, en cierto modo, propietario), habían madurado, habían pulido su sonido en los garajes de Flint, Michigan.

La certeza absoluta de su magistral sonido está en los mandos del nombrado Terry Knight, que supo plasmar en el plástico negro las bárbaras líneas melódicas del bajo de Mel Schacher, la soberbia y nunca modesta batería de Don Brewer, los riffs cíclicos o rastreros de la guitarra de Mark Farner y sus ajustados y preciosistas solos, todo bien equilibrado en cada una de las composiciones del álbum. Añadieron arreglos de cuerda por aquí y por allí, unos coros femeninos…

El comienzo casi perfecto con Sin’s a good man’s brother. Excelente riff, buen fraseo vocal, el bajo acompañando y duplicando la guitarra y una letra espiritual: reniega de Dios, la ley y el hombre y propone “a revolution, it’s seem to be the only solution”. El bajo de Schacher domina Aimless Lady, con uno de los mejores estribillos, un blues duro sobre cómo tratar a una mujer. En una de mis favoritas, Nothing is the same, despachan solos, cambios de ritmo y una batería de manual en apenas cinco minutos enmarcando las dificultades de entrar en la edad adulta (“opportunity only knocks once/If you shut it out it’s a sin”).

Bajamos de vueltas para el corazón roto de Mean mistreater; buen teclado con su parte central desarrollando el tema principal, precioso. Get it together, un corte principalmente instrumental, tiene un rollo sixties en su introducción de piano, rítmica y melódica a la par, con un toque soul en las guitarras y en el coro final.

La búsqueda del amor ocupa los dos siguientes cortes. Schacher vuelve a desatarse en I don’t have to sing the blues a la par que Mark Farner hace una de sus mejores interpretaciones vocales explicando cómo encontrar a la mujer idónea: “please don’t tell me that’s the way that it goes/’Cause I’ve tried hard and I know/(…)/Cause I got my baby and she loves me so”. Un coro (casi) gospel anima ese encuentro con el amor en Hooked on love, donde “los Funk” demuestran su dominio de los tempos medios, sin prisa, sin melaza, contenida contundencia.

La final I’m your captain/closer to home encierra, en sí misma, todo lo bueno de estos tipos. Desarrollan en casi diez minutos y en dos partes la historia de un capitán de barco que ve como se hunde su nave; Farner aprovecha para hacer una reflexión sobre el final de la vida y sobre la pérdida y las consecuencias decisiones que tomamos. Cambios de ritmo y tono, mezclando eléctricas (ese wah wah) y acústicas, con otra melódica interpretación de Mel Schacher. A mitad de tema el fantasma del capitán se despide (“I’m getting closer to my home…). La segunda mitad, desarrolla ese tránsito, con violines, violas y una flauta acompañando a la banda, al estilo The Moody Blues. Terry Knight alquiló los servicios de la Orquesta de Cleveland para tan magno final. Pura paranoia de época.

Y acabó. Aunque es difícil decantarse por un disco de estos tipos, o poner en valor en un año tan brutal para la música popular como 1970 una sola obra, este Closer to home resulta imprescindible para entender el desarrollo posterior del rock.

Bruce Dickinson – The Chemical wedding – 1998

La historia de The chemical wedding comienza con la fuga de Bruce Dickinson buscando vida más allá de de Iron Maiden, la banda que le hizo famoso. Después de unos años de jugar con diferentes estilos y empaparse de sonidos alternativos de los noventa, Bruce llamó a Adrian Smith, ex-colega de Maiden, para retomar la senda del heavy metal, pero desde una perspectiva “actual” (hablamos de la segunda mitad de los noventa). Tras un excelente Accident of birth llegaron a 1998 con la banda rodada en los escenarios y una idea: realizar un álbum duro, mezclando riffs, estribillos, arreglos y armonías clásicas con la particular idea metálica de Roy Z en el estudio (productor de cinco de sus seis discos en solitario). El resultado, este The chemical wedding, uno de los mejores trabajos de Dickinson desde 1990, si no el mejor, aún a día de hoy. La mezcla de guitarras de Adrian y Roy, con estilos diferentes, y el trabajo rítmico de Eddie Casillas al bajo y David Ingraham a la batería consigue una colección de canciones tremenda.

Basado en la mitología romántica y oscura de William Blake, con una de sus pinturas como portada, las letras, como parte de la música, juega con el ocultismo, el fondo del pozo humano y la épica dramática de la existencia. Algunos cortes (The Book of Thel, Gates of Urizen, Jerusalem) se basan directamente en poemas o textos de Blake mientras que otros hacen referencia o utilizan sus trabajos. Bruce comenzó con la idea de dedicar la lírica a la alquimia y los alquimistas, como ejemplo de personas que buscan algo imposible y dedican su vida a ello. Pero decidió desarrollar más aún la idea a medida que descubría los significados de la obra de Blake, abarcando, en cada canción, un tema central, una leyenda humana.

La inicial King in crimson es la muestra perfecta, con su riff pesado, metal oscuro, el excelente estribillo y el solo de Roy. Y a partir de ahí no hay desperdicio. The chemical wedding presenta un trabajo melódico imaginativo, casi un medio tiempo, con un primer solo clásico que evoluciona en un ambiente de tragedia, el hombre que ha perdido su esencia, su sombra, pero que busca una nueva esperanza: “all my dreams that were outside/In living colour, now alive”. El ritmo sincopado de The tower, con otro gran puente-estribillo (muy Maiden, por cierto), un gran trabajo rítmico y las dobles guitarras en la intro y el puente le dan un gran carácter en el conjunto. La rudeza de  Killing floor (“Satan has left his killing flor” canta), la primera compuesta junto a Adrian de las dos que contiene el álbum, empapa los altavoces con su riff bárbaro y la agresividad de Dickinson. Y una de mis favoritas, los más de ocho minutos de The book of Thel, con sus dos solos y un interludio donde destaca una gran línea de bajo (Casillas firma como compositor), nos introduce en el templo para abrir el libro de Thel “stand inside the temple/as the book of Thel is opening/the priestess stands before you/offering her hand out, she’s rising”. Un estilo de canción que Iron Maiden, ya con Bruce y Adrian, compondrían de diferente manera en años venideros.

At the gates of Urizen es una balada contundente, con un toque moderno, sobre la sinrazón de la lógica tecnológica. Urizen, en la mitología de William Blake, representa la razón y el orden del ser humano. La canción especula con la imposibilidad de alcanzar esa puerta (“the ladders falls away”). Así, Jerusalem, épica, con una de las mejores interpretaciones de Bruce (en años) y ese rollo Jethro en la melodía, nos lleva a otro poema de Blake (quien figura como coautor, de hecho) en el que recoge un supuesto viaje de Jesús a tierras inglesas. Tras un comienzo acústico, la batería y las armonías juegan con la tensión del tema, finalizando con unos solos fantásticos. El metal de finales del siglo XX se cuela en Trumpets of Jericho para tratar el tema de la derrota. En la Biblia las murallas de Jericho caían cuando los judíos tocaban sus trompetas, pero en la canción esto no ocurre. ¿Qué haces cuando por mucho que lo intentas no logras tu objetivo, tu necesidad? Buen, buen estribillo. Sigue Machine men con ese áurea metalera, aunque con un puente/estribillo más clásico; quizá la participación de Adrian Smith en la composición sea la causa. Aunque hay una clara referencia a las consecuencias negativas de la industrialización en el propio ser humano, hay quien interpreta la canción sustituyendo “machine men” por “iron maiden”, a modo de crítica a su, por entonces, antigua banda. Aquí os dejo un enlace muy interesante al respecto. La final The alchemist, origen de la idea del álbum, nos acerca, con un riff cortado, un poco hard, a escapar de lo físico, como metáfora de huir del presente y evadirse a través de la mente. Los alquimistas no solo buscaban hacer oro de otros metales, si no encontrar la esencia de las cosas, incluso de la propia existencia, explicar su construcción y su deconstrucción.

En la reedición de 2001 se incluyeron tres descartes: Return of the king, compuesta con Adrian, Real world, con una estructura muy similar a The tower, y Confeos, la más seventies, con un riff cercano a Blackmore. Sinceramente, ninguna hubiera desentonado en el álbum, tres excelentes composiciones.

Un enorme disco que poco a poco va recibiendo el mérito y el reconocimiento que se merece por parte de los aficionados al heavy metal. Imprescindible en cualquier edición y formato. Siguió una gira exitosa de la que se extrajo Scream for me Brazil (1999). Otro premio para cualquier oreja metalera. A disfrutar.