Archivo de la categoría: Crítica: discos míticos y pequeños tesoros

Mercyful Fate – Melissa – 1983

Los muchachos que formaban Mercyful Fate durante la grabación de este álbum en los estudios Easy Sound de Copenhague (Dinamarca) no eran conscientes del verdadero alcance de su obra. Seguro que ni en sus sueños más ambiciosos visionaban la trascendencia de su música. En 1983, cuando se publicó, no llamó la atención más allá de los países escandinavos; de hecho, giraron unos cuantos meses, principalmente por Dinamarca, hasta meterse de nuevo en el estudio. Sin embargo, Melissa se ha convertido con los años en un álbum fundamental para entender la evolución del metal desde entonces, quizá a la altura de otros debús publicados por entonces: el Black metal de Venom, el Kill’em all de Metallica, el primero de Bathory o el Show no mercy de Slayer.

La mezcla del lirismo satánico y las referencias constantes a prácticas ocultistas y a la muerte se enredan con unas composiciones musicales muy basadas en el hard rock de finales de los setenta y el emergente heavy metal de principios de los ochenta. Escuchamos dobles guitarras armonizadas, riffs cortantes, solos melódicos y un esfuerzo por apoyar las historias en la interpretación vocal única, a medio camino entre un Rob Halford subido de tono y un Bruce Dickinso cabreado.

La banda que grabó este icono del metal la comandaban King Diamond a la voz y escribiendo los textos y Hank Shermann a la guitarra y componiendo la música. Junto a ellos, Michael Denner se encarga también de las guitarras, Timi Hansen del bajo y Kim Ruzz de la batería.

El comienzo con Evil no puede ser mejor. Una canción con un riff bestial y un trabajo melódico ejemplo del género. Un disco que comienza diciendo “nací en un cementerio bajo el signo de la Luna, levantado de mi tumba por los muertos” no puede dejar indiferente. Se introducen en el mundo del Egipto Antiguo con uno de los temas más NWOBHM del conjunto, pues Curse of the Pharaons comienza con una intro muy hard&heavy y sigue un patrón similar, con varios solos intercalados entre las estrofas-estribillo. Into the coven empieza con una imitación de clavicordio, aires medievales, para meternos en un convento; el riff y la primera parte recuerdan un poco al Fight fire with fire de Metallica. Tema de construcción trabajada, varios cambios, ritmo más lento y bastante tenebroso. Su blasfemia le hizo aparecer en las canciones más despreciables de la Historia (por aquí lo podéis comprobar).

At the sound of the demon bell quizá pincha en comparación con las otras o es que repite el esquema y ya no sorprende tanto. Sin embargo, esa interpretación tortuosa de Diamond sigue poniendo los pelos de punta. Black funeral, el más corto de Melissa, posee otra letra sin desperdicio: “traed la caja negra al altar, ahora alzad vuestras manos y haced el signo, todos alabad a Satán, sí, alabad a Satán”. Continúa la más larga y, quizá, mi favorita. Satan’s fall pasa de un solo a otro, de un pasaje oscuro a otro con absoluta maestría, un collage de guitarra, bajo y batería enorme. La forma en que King Diamond cambia de voz para llamar al Demonio anticipa lo que será su personaje a lo largo de los siguientes años de la década. Y para cerrar otra joya, la que da el título, Melissa, con su larga intro melódica, paz al final del viaje, para continuar con esa voz que desgarra y canta “Melissa, eras la reina de mis noches, Melissa, tú eras mi luz. Juro vengarme del sacerdote, él debe morir en el nombre del Infierno”. La cosa se pone turbia y los graves se apoderan de los altavoces, llenando la habitación con la horrible muerte.

En total, cuarenta minutos dura el viaje. Viaje que hay que tomarse como un entretenimiento, un juego de provocación lleno de inspirados pasajes musicales y, en su conjunto, uno de los referentes en su género. A rescatar.

 

 

 

 

 

 

 

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Marea – Revolcón – 2000

  Marea pasa por ser uno de los últimos grupos de rock nacional en conseguir un éxito digamos masivo, es decir, estar en boca de todos, vender discos suficientes para entrar en las listas oficiales y hacer giras multitudinarias, llenando espacios grandes (pabellones y algún recinto al aire libre importante). Estrellas de festivales a lo largo de la primera década del siglo, comenzaron a forjar su estilo con este segundo largo de título Revolcón, consagrado en su siguiente obra y alargado hasta el cansancio en los siguientes años. Tal es el estilo definido de la banda que se dice “esto suena a Marea”.
El grupo lo formaban Kutxi Romero (de profesión bandolero) a la voz y las letras, Kolibrí Díaz y César Ramallo a las guitarras, Edu Beaumont “Piñas” al bajo y Alén Ayerdi a la batería. Lo produjo la banda con la ayuda del jefe Marino Goñi y la pareja formada por Javier y Juan Antonio San Martín (que grabaron, mezclaron y masterizaron el asunto).
Basta con escuchar tres de las canciones de Revolcón para resumir la totalidad del álbum. La primera, Barniz, una composición con un fraseo de Kutxi en las estrofas sobre un riff cortado a destiempo y un puente-estribilo pegadizo que da paso a un primer solo de Kolibrí; la estructura se repite con una  parte instrumental más larga y cierra con reiteración de estrofa y estribillo. Un clásico del rocanrol de cualquier época. Lo generoso de la entrega sonora de la banda, con la guitarra rápida y aguerrida y la excelente letra da ese punto de personalidad a la canción. La segunda sería Corazón de mimbre, con un comienzo acústico (“yo me quedo aquí a tender mi pena al sol/en la cuerda de tender desolación”) que desemboca en un rock cañero (“le hizo un trato al colchón/con su espuma se forró el corazón/anoche era de piedra y al alba era de mimbre/que se dobla antes de partirse”). La tercera en discordia se titula Canto de tierra seca y juega con la (relativa) influencia del cante andaluz y sus letras reivindicativas sobre la gente del campo y los trabajadores mal parados, una tendencia que fue en aumento en las siguientes obras.
Alrededor de estos tres palos se teje una obra con claros y oscuros donde destacan un par de clásicos de la banda como El perro verde o Duerme conmigo. En El perro verde participan El Drogas e Iker Piedrafita y marca muy bien cómo se siente Kutxi en este mundo, como un bicho raro, el que intenta sin éxito mezclar agua con aceite, un tema clásico en su estilo con una letra de contrastes que consigue mantener el pulso de principio a fin. A su lado, Duerme conmigo nos muestra al suplicante enamorado “duerme conmigo/si eres piedra da igual/yo seré pedregoso camino” y tiene un gran trabajo de guitarras.
El resto del disco mantiene el pulso en IncandescenteAmor temporero y Prima tristeza, tríptico tipista del “estilo Marea”. Un par de temas más flojos, quizá también por lo acusado de la repetición del estilo o porque no siempre la fórmula va a funcionar, como pasa en Mojama o Si viene la pestañí.
En cualquier caso, uno de los mejores de la banda, salvaguarda de su estilo y primera piedra del camino hacia su éxito.

Michael Chapman – Fully qualified survivor – 1970

 Michael Chapman – Fully qualified survivor – 1970

Este álbum de Michael Chapman tiene el honor de haber unido a Elton John y David Bowie al inicio de sus carreras, tanto por las influencias sonoras y compositivas de este Fully qualified survivor como por los personajes que acompañan al cantante, compositor y guitarrista: tenemos al productor, Gus Dudgeon, y al arreglista, Paul Buckmaster, de Elton John y al futuro guitarrista y alma fuerte de David Bowie, Mick Ronson. Junto a ellos, el bajista Rick Kemp y el batería Barry Morgan.

La mezcla del estilo virtuoso de la guitarra acústica de Chapman con los arreglos de cuerda de Buckmaster y el toque blues-rock de la guitarra eléctrica de Ronson, alrededor de una voz armoniosa y fluida, consigue fabricar un collage sonoro de difícil acople, pero que funciona a la perfección, gracias sobre todo al trabajo de Dudgeon. Las letras contribuyen a ese tono introspectivo, centradas en la reflexión, la pérdida, la memoria y el paso del tiempo.

El comienzo con Aviator no puede ser más arriesgado y apoteósico. Una canción de nueve minutos con una estructura repetitiva en la que se van sumando instrumentos y armonías. Comienza con violín, cello y acústica para crecer en densidad; el ritmo y la estructura mantiene la coherencia, como en casi todo el disco; el bajo de Kemp se escapa y vuelve en aparente desobediencia frente a esas cuerdas brillantes. La letra sobre los buenos y los malos momentos vividos encaja a la perfección. En esa misma línea viaja Postcards of Scarborough, quizá el tema más conocido, con su pequeña introducción acústica y ese desarrollo sobre los recuerdos, dulces y amargos. No puedo evitar pensar en Bowie cuando canta Chapman “Postcards from Scarborough to keep in my mind/to hide from where I’ve been/to help remind/of time passed and time passing”. Las canciones melifluas, las baladas, son ciertamente protagonistas del álbum. Rabbit hills, por ejemplo, o March rain, con uno de los mejores arreglos de violín.

En otro espectro, el rock de Robson asoma protagonista en Soulful Lady, un riff arrastrado que conjuga con la acústica de Chapman y el bajo de manera armoniosa, un impass vocal y el estribillo para volver a lucir músculo, con un delicado solo, vuelta a repetir el bloque y cierre con otro solo, más crudo esta vez. También en Stranger in the room escuchamos esa mezcla folk-rock sobre la experiencia de Chapman al confiar en una mujer que le dejó en medio de una habitación algo colocado, sintiéndose extraño; estupendo crescendo. Y el genial slide de Kodak ghosts da vida a una canción de por sí oscura sobre el amor perdido (¿el fantasma de las fotos?).

Un imprescindible trabajo, sin arrugas, sin desperdicio, para escuchar (y disfrutar) atentamente. Bowie lo hizo.

Dare – Out of the silence – 1988

Dare – Out of the silence 

La voz de Darren Wharton y la guitarra de Vinny Burns comandan este álbum sin relleno que juega entre los sonidos AOR de la época, el hard rock melódico y cierto aroma celta en algunos pasajes. Junto a ellos, Brian Cox a los teclados (labor que comparte con Wharton), James Rosson en la batería y Shelley al bajo. Producido por Larry Klein, tipo poco habitual del género, y Mike Shipley (Def Leppard, Winger, The Cars, Nickelback), consiguió un acabado sonoro distintivo, bien mezclado, muy melódico, sin caer en el exceso de azúcar, más bien guardando cierta elegancia y misterio.

El álbum comienza con la atmosférica Abandon, de melodía meliflua sobre el teclado, ritmo cortante hasta un puente-estribillo cargado de energía y el primer buen solo de Burns. Into the fire resulta más dulce, con gran protagonismo de los teclados, estribillo sencillo de voces dobladas. Gran trabajo vocal en la balada Nohing Is Stronger Than Love con su arrebato goloso de autoafirmación. Las baladas son un punto fuerte del disco, cómo no, y, junto a ésta, la final Don’t let go, cercana a unos Journey inspirados, con uno de los mejores teclados del álbum y una parte instrumental en el centro que sabe a poco.

A estas alturas del disco ya tenemos los elementos principales que dan mérito a este Out of the silence: la cálida voz de Darren en arrebatadores lineas, armonías y atmósferas que las adornan, un gran guitarrista del género, camas de teclados y una producción en beneficio del conjunto y el propio Wharton. Añadamos un toque atlántico-celta descarado en The raindance y King of spades, muy en la línea de lo que Thin Lizzy desarrollaron en Black Rose (a rock legend) o Gary Moore en Wild frontier.

Las guitarras toman protagonismo en The heartbreaker, uno de los mejores cortes, donde Burns demuestra lo bueno que es, muy en la línea de lo que años después escucharíamos en Ten. Una de mis favoritas, Runaway, también viene cargada de potencia en las guitarras, optimista melodía, estupenda letra, con un rollo Bryan Adams en los coros. Con las mismas influencias, aunque en este caso más suaves, tenemos Under the sun , con un impresionante riff de la guitarra y el mejor solo del disco, y Return the heart, sentido, denso, genial combinación de teclado, voz y guitarra.

Un disco que cumple treinta años ya y que supone una joya (semi)oculta del género melódico, primero de una brillante trayectoria de sus dos máximos responsables, Darren Wharton y Binny Burns. Siéntate con una buena cerveza, pon los pies en alto y dale al play…

Ozzy Osbourne – No more tears – 1991

Sexto album de Ozzy Osbourne, segundo con Zakk Wylde, publicado en septiembre de 1991, tras casi dos años de grabaciones y problemas del loco, resultó, para mí, su última obra maestra y uno de sus dos mejores álbumes (ya le ponéis al lado el que os apetezca). Surtió a las radios de cinco singles y en menos de un mes despachó un millón de copias, alcanzando los cuatro millones en Yanquiland allá por el año 2000. Solamente Blizzard of Ozz ha vendido más.

La construcción de No more tears fue algo compleja. Junto a Ozzy en las labores vocales estaba su joven guitarrista Zakk Wylde, el batería Randy Castillo y el bajista Bob Daisley, quien fue despedido, entrando Michael Inez en su lugar a tiempo para aparecer en los vídeos, las fotos promocionales y hacer la gira. Por si no lo sabéis, la relación de amor-odio de Bob Daisley con Ozzy y señora da para una miniserie que ya comentamos por aquí. Después de echarle, al poco  de entrar al estudio volvieron a (re)contratarle para ayudar a terminar las canciones, meter letras, arreglos; después le llevaron al estudio a grabar los bajos; cuando faltaban unas semanas para finalizar, fue despedido de nuevo. Michael Inez, que ya andaba por allí, entró en su lugar. Lo bueno o lo malo es que ya le había pasado en otras ocasiones. Curioso trío. Junto a ellos metió teclados John Sinclair.

La composición de todos los temas recayó en Ozzy, Wylde y Castillo, con la colaboración de Lemmy Kilmister en cuatro cortes (seis hicieron en total, dos se quedaron fuera). El propio Inez junto al productor John Purcell colaboraron en el tema título.

Así todo, la labor de Duane Baron y Joh Purdell como productores resulta impecable, logrando un sonido grueso pero dejando protagonismo al trabajo melódico de voces y guitarras. Se nota la evolución como guitarrista de Zakk Wylde, con esos maravillosos riffs y los depurados solos, y en eso también tiene que ver el sonido final y las mezclas de Michael Wagener.

La cara A me parece perfecta, con Mr Tinkertrain abriendo y esas cuatro maravillas de seguido: I don’t want to change the worldMama, I’m coming home (dedicada a su mujer), Desire y No more tears (en estas tres ayuda en la composición Lemmy).  La cara B contiene otros tres trayazos, Road to nowhere, Hellraiser y Time after time, junto a las correctas S.I.N., Zombie stomp y A.V.H., quizá un poco más flojas, relleno del bueno en cualquier caso.

La inicial Mr. Tinkertrain es un buen ejemplo del sonido general de la obra, ideal como inicio. El riff de Zakk marca el tema que juguetea con las armonías y el tempo de Castillo, sencillo estribillo y feroz solo para la historia de un abusador, un depredador sexual. En esta misma línea sonora crece I don’t want to change the world, con un mejor fraseo de Ozzy. Curiosamente, se llevó un Grammy. Una de las perlas del disco en forma de balada aparece ahora. Mama, I’m coming home, con un toque southern en la guitarra acústica, una línea melódica muy sencilla pero efectiva y la letra de amor a cargo de Lemmy, impagable. Alcanzó el número 2 en las listas de ventas.

El disco contiene otras dos piezas lentas. Road to nowhere me parece excelente, quizá la mejor de las tres, con un ancla en los tiempos de Randy Rhoads y otra en el enorme talento de Wylde, que se vuelve hermosamente melódico. El Madman también interpreta con ímpetu redondeando el corte. La tercera balada en discordia se titula Time after time, algo más previsible, pero con un delicado arpegio inicial, las voces dobladas en el estribillo y una estructura simple que la hacen encantadora; el solo de Zakk, imperdible.

En la parte más aguerrida nos queda por escuchar mucha tralla. Sin salirse del patrón que engloba el disco, Desire se acerca al trabajo de No rest for the wicked, un corte muy Wylde donde Ozzy canta con desgarro. Con la misma energía, S.I.N. se deshace en la melodía de puente-estribillo mientras que Hellraiser loa a la vida del rock and roll más canalla, da todo el protagonismo al narrador, con una letra “autobiográfica” (la escribe de nuevo Lemmy). Por cierto, impresionante la versión de los propios Motörhead. El tema título, con un gran vídeo, No more tears, el más largo, juguetea con los teclados, el ritmo de bajo y la guitarra, los cambios, los silencios y el up-tempo, con una parte instrumental en el centro de lo mejorcito del combo. Cerramos con los, quizá, temas más flojos. Zombie stomp da un largo protagonismo a los instrumentos, con un patrón que va repitiéndose los primeros minutos, pero luego flojea en la parte vocal y melódica, demasiado previsible. A.V.H. nace con un aire southern de nuevo pero luego ofrece poco más, al menos en comparación con el resto de canciones.

La portada y el artwork general lo realizaron Nancy Donald y David Coleman con fotografías de Matt Hahurin. No es su mejor portada, desde luego, pero resulta curioso identificar a Ozzy con esas alas.
En resumen, un disco imprescindible de Osbourne, de Wylde y, en general, del rock y el metal de finales de los ochenta y principios de los noventa. Un pequeño tesoro a recuperar.

Bad Company – Bad Company – 1974

No tengo ninguna duda en señalar a Paul Rodgers como uno de los cantantes más carismáticos y particulares de la Historia del rock, uno de mis favoritos, desde luego, y componente de dos bandas imprescindibles como Free o Bad Company (si hace falta recordamos su paso por Queen). Este primer álbum de Bad Company se fraguó en el otoño de 1973 de la unión de Paul y Simon Kirke (batería y compañero en Free) con Mick Ralphs (guitarrista tremendo que tocara en Mott the Hoople) y Boz Burrell (bajista, entre otros, de King Crimson). Un buen cuarteto, una reunión de genios rebotados de otras aventuras.

La banda contó con la ayuda de Ron Nevison en la grabación y las mezclas, que se hicieron en los estudios Headley Grange en Hampshire con la unidad móvil de Ronnie Lane. El artwork lo realizó Hypgnosis. Con este cuadro, solo faltaban unas buenas canciones para triunfar. Al fin y al cabo, estamos hablando de música.

Pocas canciones tan míticas como I can’t get enough, de reconocible riff, grandioso solo y gran estribillo, un clasicazo rock donde la magia de Ralphs y Kirke se mantiene imperecedera más de cuarenta años después. El feeling blues se cuela en Rock steady, con una fantástica interpretación de Rodgers. La figura de guitarra se repite a lo largo de toda la canción apoyada en otra buena batería. Brutal final. Ready for love trae una calmada tonada a lo largo de un medio tiempo de energía contenida. Burrell destaca en el conjunto y el piano que va y viene a lo largo del corte marca un punto melódico y rítmico interesante. La canción fue rescatada por Ralphs del All the young dudes (1972) de Mott the Hoople, consiguiendo darle una nueva vida, otro de los grandes de este álbum. No puedo dejar de acordarme de The Beatles en Don’t let me down. Quizá por el parecido al corte de mismo título de los de Liverpool, quizá por los arreglos melódicos. Sorprende el saxo en el interludio tras el primer estribillo, efectivo, seguido de un sentido solo de Ralphs.

Otro de los puntos fuertes abría la cara B del vinilo, este Bad Company. La mejor interpretación de Rodgers, sobresaliendo en un corte con mucha tensión, lleno de detalles (el piano, los adornos de batería, el toque preciso del bajo, los cambios de tempo) y rematado con otro estupendo solo de Ralphs, el rey de este disco. Una de las grandezas de Bad Company radica en los cambios que protagonizan cortes como The way I choose, otra balada arrastrada por el fango blues (por momentos parece un vals), muy emocional, donde su aparente sencillez agarra nuestra atención con el ritmo, un delicado puente y un largo estribillo, y otro acertado arreglo de viento. Tras la calma otra tormenta rítmica con Movin’ on, de mis favoritos. Esa batería alucinante, el riff machacón, el puente y el estribillo, otra historia de vida en la carretera, genialidad la parte central con Burrel muy inspirado también. Y cerramos con otra joya acústica. Seagull mantiene una sencillez melódica base sobre la que Rodgers se sale, por técnica y sentimiento: “here is a man asking the question/is this really the end of the world”. Un toque folk para cerrar esta obra maestra.

Alcanzó el número uno en Estados Unidos y despachó un millón de copias en poco tiempo, gracias a dos singles tan exitosos como Can’t get enough y Movin on (ambas compuestas por Ralphs). Desde entonces ha recibido cinco discos de platino en el mercado yanqui y se calcula que ha despachado otros tantos en el resto del planeta. Una burrada bien merecida, un clásico, una obra maestra del género.

 

Ñu – Vamos al lío!! – 1988

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Jose Carlos Molina, dios de Ñu, pasa por ser un loco, un pasado, un mago, un genio… En cualquier caso, un personaje único que con su flauta, su particular voz y esa manera de fabricar melodías ha dejado una huella indestructible en la historia del rock patrio. Dejó en los ochenta una colección de discos obligatoria para cualquier amante del género.

En 1988 unió fuerzas con Mariano García, histórico personaje de la movida heavy rock madrileña, director y presentador de uno de los programas radiofónicos punteros, Discocross, empresario de la noche (Barrabás, Canciller), promotor, representante y hasta productor. Labor que ejerció en este caso con el trabajo de Ñu que hoy traemos, este Vamos al lío!!. La verdad, las sesiones de grabación debieron ser, cuando menos, curiosas.

No se puede negar que este álbum de Ñu tiene un sonido “de época”, es decir, digno del año en que fue grabado: baterías y bajo programados o sintetizados, presencia de teclados por doquier, cuidadosos arreglos y armonías, canciones sencillas, alejadas de experiencias anteriores de Molina. Un artefacto pensado para agradar a los oídos en las emisoras de radiofórmula, vaya. Lo bueno es que contaron con músicos de lujo: Eduardo Pinilla a las guitarras, Miguel Ángel Collado a los teclados y la programación, Enrique Ballesteros a la batería y Jose Luis Rodríguez al bajo (colabora el violinista Enrique Valiño). Jose Carlos Molina se encargó de flauta, programación, teclados, armónica y otros desmanes.

Comienza a mostrar sus cartas con No te dejes ganar, donde teclados y guitarras cobran protagonismo y la flauta no se oye; arreglos cercanos al hard comercial de la época y un estribillo muy pegadizo. Tras el breve instrumental Fuga… sin modales (pedazo guitarra de Pinilla), Molina se luce, por fin, en Que alguien nos pare, con la flauta sobre un buen riff de guitarra; la letra, sin desperdicio: “que alguien nos pare, queremos estar dentro de la ley”. Fuera de juego suena a los Ñu de discos anteriores, más duro, más centrado en la melodía de su flauta. Además, escuchamos uno de los mejores solos de guitarra del álbum.

Es Yo para ti, a mi entender, una rareza en la discografía de la banda hasta entonces: una canción con un tempo lento en las que teclas y voz ocupan el espectro evolucionando hacia una melodía poprock extraña, con demasiado protagonismo del teclado y violines. Lo raro es que el estribillo funciona y el final de la canción resulta más que interesante. El solo de guitarra no pega nada. En El tren azul, Molina y compañía se marcan una versión del viejo tema que compusiera el flautista con Rosendo y que hiciera famoso Leño. En el conjunto global, los teclados y los sonidos electrónicas desentonan un poco (aunque, cuestión de gustos), pero la flauta y la interpretación de Jose Carlos rayan a buen nivel.

La antigua cara B comenzaba con el tema estrella, La granja del loco: buena melodía basada en la flauta, línea vocal made in Molina, letra visceral y crítica y tema muy bien arreglado. La siguiente El mejor no puede ser más sencilla: un ritmo clásico, una melodía de voz y guitarra accesible y un tema bailón. Trovador de ciudad nos devuelve a los Ñu que me gustan. En Nada me detendrá, Pinilla borda con su guitarra un tema con buena estructura y un estribillo bien conseguido; el arreglo de violín sobra un poco, pero el impass de teclado y guitarra está muy bien. Para cerrar, mi favorita: Tocaba correr, tema que vale por todo un álbum: buena letra, interpretación genial de Jose Carlos, bien arreglada. La versión de La taberna encantada (1997) es otra pasada.

Quizá no sea un imprescindible de Ñu pero, sin duda, uno de los grandes discos de finales de los ochenta, que no es poco, y uno de los trabajos más desenfadados de Jose Carlos Molina, artistazo para bien y para mal. A disfrutarlo.

 

Opeth – Ghost reveries – 2005

Siempre me ha parecido Ghost reveries una obra de creación artística tremenda, con un trabajo casi de orfebre en su composición y ejecución. Sea o no el mejor de Opethcontiene todos los elementos que les han convertido en uno de los clásicos de este siglo. Además, narra una historia digna del mejor King Diamond o un jovenzuelo Stephen King: el sentimiento de culpa y arrepentimiento del hijo (¿esquizofrénico?) que asesina a su madre en un momento de enajenación, sostenido por historias de posesión demoníaca, una loca combinación de voces guturales y líneas melódicas limpias sobre un entramado compositivo complejo, con numerosos cambios. El asesino es tentado por sus fantasmas, asesina a su madre y, pasado el hechizo, toma conciencia de sus actos, huye, se arrepiente, pero acaba volviendo a la posesión infernal de sus demonios (¿del mismo Satán?).

Mikael Akerfeldt, cantante, guitarrista y compositor principal, demuestra que es un poeta del ultramundo, un contador de los males oscuros del ser humano. A su lado, casi perfectos, Peter Lindgren a la guitarra, Martin Mendez al bajo, Per Wiberg a las teclas (piano, órgano, de todo) y Martin Lopez a las percusiones. La propia banda lo produce junto a Jens Bogren.

El proceso de iluminación maligna comienza en Ghost of perdition, con numerosos cambios de registro en tonos y voces a lo largo de diez minutos y medio, pasando de los agresivos pasajes apoyando la voz gutural de Mikael a delicados pasajes acústicos para “ver a un hijo amado prepararse para lo que va a venir”. De los mejores temas del álbum, la joya es un excelente interludio instrumental justo en la parte central, una constante de Ghost reveries. En la siguiente The baying of the hounds encontramos la semilla con la que Opeth comenzó a evolucionar en los siguientes años, con un Mellotron y un ritmo de guitarra de tufazo retro (incluso el solo del minuto siete suena añejo). La posesión ha tenido lugar, el hijo transtornado se enfrenta a sus miedos y se acerca al momento del crimen: “soy demasiado débil para resistir”. En Beneth the mire el sacrificio del esclavo al maestro tiene lugar, el loco a su propia locura, en una “escena que recuerda al holocausto” donde “sacrifica más de lo que tiene”. Corte dividido en cinco partes con una introducción basada en una melodía oriental, una parte central calmada con piano y un final in crescendo que desemboca en un ritmo machacón y una pequeña coda. De lo más destacado el trabajo de batería.

Tras estos temas duros, aparece Atonement (literalmente, expiación), con su atmosférica calmada, sus armonías dulces y una melódica guitarra como guía. Cuando “el humo que me cegaba” desaparece “no puedo justificar el acto que he cometido”. Sigue otra de las joyas del disco, Reverie/Harlequin forest, en otros diez minutos largos de huida, buscando “una semilla de esperanza” entre los árboles del bosque. Pasajes seductores (como el que escuchamos entre el minuto seis y el ocho) luchan contra las voces que amenazan. El final anticipa la calma de Hours of wealth, con guitarras acústicas tomando el control, los teclados acompañando la melodía y un arreglo orquestal sencillo pero efectivo. Un momento de soledad donde “encontrarse limpio de dolor” e intentar alzarse de nuevo. Una guitarra blusera cierra el tema.

Y, de la nada, rompe el silencio el enorme riff de The grand conjuration y su progresión casi maligna, otro de los puntos álgidos de Ghost reveries. El demonio nunca olvida a sus pecadores y los fantasmas de la locura vuelven. Tema denso, con numerosos cambios y cada vez mayor protagonismo de las voces guturales para confirmar que el mal ha triunfado. De extra, Isolation years nos trae un punto de calma y reflexión sobre la soledad y la pérdida.

Ghost reveries no resulta una escucha fácil, un disco que poner en el coche mientras vas al trabajo. Requiere atención, leer la letra, entender el sentido de las atmósferas y los cambios. Para disfrutarlo como un demonio, vaya.

Alarma!!! – En el lado oscuro – 1985

ladooscuro Hay pocas bandas tan influyentes en la música pop rock en castellano que hayan disfrutado de tan pocas ventas, tan breve reconocimiento público y, por tanto, éxito real. Casi nadie recuerda a este trío madrileño que pasó sin mucho molestar entre el pop y el heavy de moda en la primera mitad de los ochenta, sin engancharse realmente a ningún caballo ganador. Sin embargo, las canciones de este álbum que hoy recordamos han sido versioneadas por gente tan dispar como Ana Belén y Victor Manuel (Marilyn), El Drogas en su Txarrena (Frío) o recientemente Ultraligeros (Preparado para el rock and roll).

La banda la conformaban Jose Manuel Tena (cantante, más conocido a posteriori como Manolo Tena), Jose Manuel Díaz (batería) y el guitarrista Jaime Asúa (colaborador y músico de Joaquín Sabina), los tres ex-Cucharada. Querían moverse de una propuesta nihilista y teatral a un estilo más amable para el gran público y ganarse la vida. Así, en poco tiempo, llegaron a este álbum. En el lado oscuro fue el segundo y definitivo disco de Alarma!!!, quienes tras un iniciático y autodenominado debut se decantaron por “endurecer” su propuesta con más rock y más ritmo, letras muy directas y un trabajo  compositivo excelente.

Contiene nueve canciones donde la voz sucia y desgarrada de Tena lanza su particular proclama poética en favor de los sin voz, los perdedores, los que habitan la noche, los que quieren pero no pueden, los que se esconden, donde la guitarra adorna con punteos aéreos, algunos solos bien calzados y un par de riffs sobresalientes, donde la batería marca muy bien el tempo, se oculta casi siempre y aparece en el momento adecuado a primer plano. Y el adorno del sintetizador envolviendo el conjunto. La producción limpia que destaca el mensaje oral sobre el resto ayuda a engancharse a un conjunto sonoro imperdible.

La inicial Preparado para el rock and roll es en sí misma un himno modélico: intro de guitarra, buena letra sobre la vida de la carretera y los músicos “de calle”, estribillo sencillo y fácil de recordar, unos arreglos vocales de apoyo, solo breve. De mis favoritos por intensidad y densidad. El salto a la divertida pero reivindicativa Ayayaya!!! nos levanta del asiento, con un ritmo bailón, un toque casi ska y su grito nocturno en el estribillo. Me encanta el trabajo de Asúa, qué simple parece pero qué bien cerrada la canción. Otro de los hitos de este viaje se titula En el lado oscuro: “no des un paso en falso/el éxito barato es un claro fracaso”. Toque reggae para un tema de rock contundente basado en el fraseo de Tena y el contrapunto de ritmo y guitarra. alarma

Tres temas directos y cortos que desembocan en uno de los puntos álgidos: Frío. Hay pocas canciones con una letra tan profundamente poética y a la vez con unas imágenes tan sencillas. El punteo de la guitarra y los arpegios del estribillo dan dimensión a la voz de Tena, quien, sin complicaciones técnicas, sabe transmitir el mensaje hasta el fondo. “Estoy ardiendo y siento frío”. Aunque la letra admite muchas interpretaciones, yo siempre la consideré una canción sobre drogas. Una pequeña tregua justo en el medio del disco con Diciendo adiós, rock de riff sencillo con mensaje a las discográficas y los jefecillos del cotarro: “te estoy diciendo adiós/en el último avión/sabes que sí aunque digas que no”. Y para comenzar la segunda parte del viaje, Marilyn, otro de los hitos de Manolo Tena y Alarma!!! Desde el Moog inicial, la sucesión de imágenes vitales, el suave adorno de la guitarra, el golpeteo cuasicardíaco de Díaz y el final de rabia contenida.

Seguimos con más rock. Solo por tu dinero trae “la vieja historia/todos te dicen te quiero/pero ninguno es sincero/es una inversión de capital” con las mejores guitarras del álbum, tanto el punteo rítmico, como los arreglos y el solo. Otro canto a la decepción del mainstream musical. El rollo reggae vuelve en Cansado de esperarte, con un bajo y una guitarra muy The Police y otro pegajoso estribillo. Y de cierre, Deja de llorar, nueva vuelta al rock, ahora más arriesgado, el corte más duro, con la batería dominando el tema, cambios de ritmo y una explosión con desgarro en el estribillo “nunca nos dejan ver la realidad/deja de llorar”, quizá la canción más desesperada del álbum “no, no, no/ya no quiero soportarlo más”.

El viaje muy breve exige volver a darle al play. Un disco que incomprensiblemente nunca aparece en ninguna lista de “favoritos” o “lo mejor de” mientras hay que aguantar otros llenos de basura pero con el beneplácito del mercadeo y la mass media. Rompe tu rutina rescatando el lado oscuro de Alarma!!!

Neil Young – On the beach – 1974

Neil Young on the beach Pocas obras de Neil Young disfruto tanto como On the beach. No digo que sea su mejor trabajo, que probablemente no lo es, ni que deba considerarse un imprescindible, que debe, si no que de toda la discografía de este tipo se ha convertido en una escucha recurrente a la que vuelvo con cierta frecuencia. Desconozco la razón, pero quizá sea porque condensa en menos de cuarenta minutos los atributos que le hicieron grande: composiciones sobresalientes, sensibilidad, depresión y mala leche a paladas, su particular mezcla de rock, folk, blues y country, un grupo de músicos haciendo bien su arte, letras sinceras y una producción básica que deja en el oído un poso de simplicidad genial. Hay una larga discografía parida por Neil Young, pero todo se resumen en On the beach.

El periodo de opresión emocional que atravesaba se refleja en muchos aspectos del álbum. Las letras oscuras, la producción, la languidez de muchas melodías. No quiero verlo como un disco “triste”, más bien desesperado, desesperanzado incluso, lleno de soledad e impotencia. Quizá las canciones que mejor representen estos sentimientos sean el tema que da título al disco y el corte final. On the beach representa quizá mejor que ninguna otra copla la sensación de desesperanza. Primero por el tono de la canción, melancólico, repetitivo, transmite soledad. Segundo por la propia interpretación de Young, arrastrada, lamentosa, un espectador del patético mundo. Tercero, el mensaje en sí: “All my pictures are fallin’/from the wall where/I placed them yesterday(…)I need a crowd of people/but I can’t face them/day to day”. Graham Nash toca en este tema el piano. Los casi nueve minutos de Ambulance blues marcan un final apoteósico a este viaje emocional. Aunque la letra se dedica al final del “sueño hippy” y las esperanzas del verano del 69, la manera en que condensa la nostalgia y la pérdida al mismo tiempo es universal. Simple en su composición, con una guitarra acústica como guía, contiene una armónica llorosa que te parte el alma.

Neil Young comienza el disco con dos cortes tranquilos de dulce envoltorio y venenoso mensaje. Walk on tiene un gran slide de Ben Keith (que toca de todo en el álbum) en la única composición ¿optimista? de la colección: “sooner or later it all gets real, walk on”. La realidad acaba volviéndose real, avanza, sigue adelante.  En cambio, la melodía de See the sky about to rain es suave, calmada, casi dulce, con un piano Wurlitzer memorable que da sentido al tema. Uno se imagina a Neil mirando al horizonte, viendo cómo el cielo se cierra y está apunto de llover mientras su rostro se arruga. Por cierto, oído atento a la batería (de Levon Helm, The Band) y a la armónica del final.

For the Trunstiles, es una sencilla canción de inspiración country, con dobro y banjo, donde se desenvuelve muy bien el maestro: “It will change you in the middle of the day/Though your confidence may be shattered”. Como recordando que la felicidad es una gota o un pequeño instante que puede desaparecer con facilidad y ser traicionado. También con sencillez vuelve la acústica a Motion pictures (for Carrie), dedicada a su, por entonces, esposa, la actriz Carrie Snodgress. Una melodía más de excelente inspiración cantando a su mujer ausente, a quien parece ver en una película, lejos de casa, y promete hacer sonreír.

Quedan otras dos de mis favoritas. En Revolution blues canta las “hazañas” de Charles Manson y sus locos drogados poco después de los fatídicos hechos. La canción se basa en un ritmo de guitarra repetitivo cortado por los solos bluseros de Crosby. Vampire blues, el tercer blues (de título al menos),  ataca a la industria petrolífera: “I’m a vampire, babe,/suckin’ blood from the earth”. Otro corte rítmico y arrastrado con la característica magia sencilla de Neil a la guitarra.

No puede escucharse On the beach en un día soleado con amigos y unas cervezas. Necesita cielo gris, horizontes abiertos, soledad (¿qué tal la playa de la portada?) y beberse un par de copas con los oídos bien atentos.