La historia de estos muchachos resulta muy curiosa y será contada en otra ocasión; por el momento, baste decir, para contextualizar este Narita, que se fundaron a mitad de los setenta y editaron su debut en 1977, con muy poco éxito. La banda se mantuvo unida en una primera versión hasta 1983, tras cinco discos. Su (mínimo) éxito comercial lo alcanzaron en una segunda reencarnación en 1988 con Thundersteel

Entonces, ¿qué es Narita? Pues un producto underground del heavy metal americano de finales de los setenta. De hecho, se editó exclusivamente en Japón a través de la discográfica Victor; por eso el rollo del nombre y las letras de la portada: Narita es el nombre de un aeropuerto nipón que, parece ser, construyeron sobre terreno sagrado; de ahí la bizarra portada con el aguilucho, el avión y las calaveras. Toda esta parafernalia corrió a cargo de Marcia Loeb, pareja del productor y manager de la banda, Steve Loeb, con una ilustración de Steven Weiss. El álbum, por entonces, estuvo disponible como importación en Estados Unidos y Canadá hasta que Capitol Records lo editó en diferentes países como parte del pago por realizar una gira teloneando a Sammy Hagar, estrella aquel año de la disquera. Permaneció descatalogado desde principios de los ochenta y apareció en cedé en 1989 para, cómo no, el mercado japonés. Vivió en el olvido hasta que en el año 2005 la magnífica Rock Candy le dio una segunda vida digna en cedé (¿os he dicho que podéis regalarme el catálogo completo de Rock Candy?) y en el 2016, por eso del 40 aniversario de la banda, Metal Blade se encargó de ponerlo de nuevo en vinilo con una remasterización y una cuidada parafernalia, a la altura del contenido musical.

El contenido musical encaja perfectamente en el rollo que se comenzaba a hacer a finales de la década y acabó convirtiéndose en el Reino Unido en la New Wave of British Heavy Metal y en la New Wave de heavy norteamericano, poco después: canciones basadas en riffs de guitarras rápidos y armonizados, con numerosos solos, una batería con pegada en bombos y platillos, líneas de bajo apoyando las melodías y buenos y sólidos estribillos. De hecho, Riot se convirtió en los primeros ochenta en una especie de grupo británico honorífico, con un sonido más parecido a las bandas británicas y con más éxito en Europa en que sus estados natales. 

Las canciones fueron compuestas por el guitarrista y líder Mark Reale y el cantante Guy Speranza, con la ayuda puntual de Rick Ventura, segundo guitarrista. Junto a ellos participaron el bajista Jimmy Iommi y el baterista Peter Bitelli, quienes desaparecerían poco después de la historia de la banda. Lo produjo el nombrado Steve Loeb junto a Billy Arnell en los Big Apple Recording Studios de Nueva York. Aquí una foto de los muchachos.

Waiting for the taking abre con la voz de Speranza como protagonista sobre la batería y las guitarras cortantes, buen ritmo y una letra que anima a la esperanza, a no tirar la toalla: “when you feel you’ve grown apart/you’ve gotta scratch and bite”. Reale y Ventura intercambias solos, otra constante de Narita. Adoro esos momentos en que suben y bajan las guitarras, una por cada canal. Dos minutos de solazo final para rematar. Del mismo patrón está cortada 49er, quizá más hard seventies, con buenos recuerdos a Montrose, banda de la que hacían por entonces versiones en directo, rondando la letra el tema de los sueños rotos y los soñadores que cuentan sus historias “some never made their dreams come to life/many men fell from a gun or a knife”. Contundente comienza Kick down the wall que contiene hasta tres solos de guitarra (comienza, parte central y final) y un trabajo de Iommi fantástico, subiendo y bajando por el mástil en constante apoyo a las seis cuerdas. La letra ahonda en el placer de la música “we’ll keep the music playin’/kick it on down” y en compartirlo con los muchachos “the boys down at Johnny D’s/they’re lookin’ for love to tend/music and language tapes”. Uno de los mejores estribillos. La versión acertada y acelerada del Born to be wild y el instumental Narita (¿no escuchas a los futuros Iron Maiden en él?) cierran la cara A.

La cara B sigue con la misma mierda metalera, amplificada por el fantástico riff de Here we come again, con un puente-estribillo típico del género, armonizando voz y línea de guitarra, para romper en un interludio pegadizo y otra barbaridad de guitarreo a cargo de Reale. Venga, esos cuernos al aire “here we, here we come again”. Y sin parar movemos el culo con Do it up, rollo rocanrolero, muy fiestera, donde suenan a unos Aerosmith metalizados. A estas alturas debo reflexionar: parece increíble que con tan pocos medios y de una manera semiprofesional fueran capaces de grabar un disco tan bueno, con un sonido más que decente. La masterización, seguro, ha ayudado a darle lustre y aire a la edición original. Por cierto, quizá el mejor solo de guitarra esté en este tema. Y nunca un disco de rock&metal sin su canción de follar. Hot for love debió resultar hasta guarra para la época “the one thing that she never got a taste of was to get down in between” porque “she’s hot for love” y no perderse los efectos sonoros. Y tras el frotamiento, el himno reverencial al concierto de cada noche: “up all night, sleep all day/comes the action/when we star to play”. Ya sabéis que cada concierto es especial y si la música suena la vida es mejor, y esto se encargan de recordarnos Riot en White rock con otro estupendo riff. Y el cierre con Road racin’ no hace más que ahondar en las fantásticas cualidades metaleras de Narita, con otro bestial y acelerado riff, con el bajo doblando a las guitarras y Speranza reventando en un estribillo de puro directo. Bandaza.

Está claro que Narita pasó sin éxito por el mundo. A pesar de todo, Riot fueron teloneros de bandas como AC/DC, Rush, Judas Priest o Motorhead y participaron en el Monster of Rock de 1980 junto a Rainbow, Scorpions y Saxon. No está mal para unos muchachos sin contrato discográfico.